Pueblo de La Rioja donde existió el "Colegio misionero franciscano de San Francisco Solano del Perú".
Pretendo volver a relacionar a todos los niños que pasaron por ahí, animándoles para que nos obsequien sus recuerdos, vivencias, nostalgias y sugerencias.
Ésta es una crónica, que como comprenderán, no está sujeta a estudio alguno, ni a dietario, o agenda, o algo similar que se le parezca,. Ni tampoco a datos de estudio, de fechas precisas. Reconocemos que, muchos de los detalles, fechas concretas, anécdotas, etc... etc... se han borado de la memoria, y casi que nos es imposible recuperarlos. Por todo ello, les pedimos disculpas. Sería interesante contrastar, toda vez que ellos lo quieran, la opinión del resto de compañeros que tuvieron el coraje de participar en la misma aventura. Espléndido.
Esta sucesión de datos, que a lo mejor no tienen hilaridad alguna, pero.... que cumplen, creo yo, un fin ( pequeñito ), pero fin, ....Vamos a ello, a ver cómo se desarrollan los acontecimientos.
Una vez acabado el cuarto curso de bachillerato en el Colegio de Anguciana ( Logroño ), un primero de junio de 1966, y tras unos breves días de vacaciones, un 24 de junio de 1966,( Santiago Apóstol ), reunidos en el mismo colegio un grupo de aguerridos "muchachillos ", de edades comprendidas, entre 16 - 18 años, y cuyos nombres responden a : - si no se me queda ninguno en el tintero - emprenden, en el Land Rover, viaje a Barcelona, donde después de permanecer dos días en la ciudad, llega la hora de embarcarse.
José María Diez Sierra, al mando de Félix Santamaría.
De esta ciudad, yo, concretamente, recuerdo, con claridad meridiana, lo mala que estaba el agua, mala.. mala...
Ni que decir tiene, que atrás quedaron las despedidas, las nostalgias, los recuerdos, los llantos, todo aquello, que desde el primer día de ingreso al colegio, fuimos despojándonos poco a poco, y por eso, ahora, ante esta marcha definitiva, hacia lo desconocido, no fue tan traumática.
Nos esperaba el vapor "Doniccetti ", para nosotros un bancazo. Primero por lo desconocido. Segundo: por la magnitud que representaba. Todo esto, para nosotros era desconocido, Su procedencia era italiana, y surcaba los mares desde Italia, hasta Valparaiso ( Chile ). Embarcamos en el mismo, recibidos por el capitán y la tripulación, y con lo mismo nos dirigimos a los camarotes que nos habían correspondido. Tan sólo decirles que a este servidor, le tocó con el P. Santamaría,( Responsable de la expedición ) con lo que ello suponía de observancia del horario, porque mientras el resto, tenía más permisividad para llegar por la noche, yo..... ya comprenden, había de dar la talla....
El barco disponía de dos clases. Una: primera. Otra: turística. Esa era la nuestra. Con su piscina, su sala de baile, música, biblioteca, etc...
El primer trayecto era de: Barcelona a Tenerife. Dos días. En ese tiempo, ya el cuerpo se habituaba al ritmo del barco, con lo cual, en el atracamiento y posterior contacto con la tierra, los primeros pasos eran verdaderamente de " borrachos " . Visitamos el puerto de La Luz, en Tenerife, su bulebar, etc, pero con unos recuerdos muy vagos, ahora mismo...
Segunda etapa : Tenerife - La Guaira ( Venezuela ) Una semana .de duración. Aquí ya controlábamos los nudos, los días, las noches, el aburrimiento, que también hacía mella, entre nosotros , las fiestas que organizaban para no aburrirse, etc.. etc... por eso, antes refería lo de las noches y su horario... La fiesta es la fiesta.... Atracamos, y vimos los primeros " negros ", que nos sorprendieron mucho, por aquello de que en España, desconocíamos. Sin que este comentario suponga, por cierto, una exclusión. Ni mucho menos. Recorrimos, junto al puerto como una " barriada ", situada en un cerro, y nos apedrearon, concretamente a Eugenio, que era más rubio que el resto, voceándonos: "gringos, gringos ""...
Luego, como nos sobraba tiempo, me imagino que los decidiría el P. Santamaría, en taxi, nos desplazamos hasta Caracas, la patria de Simón Bolivar, " EL Libertador ". Visitamos su casa, su estatua, el enclave dentro de Caracas, sus hazañas, y victorias . Precioso. En ese "ínterim ", desde la Guaira a Caracas, el taxiista nos comentaba, que unos edificios altos que vislumbramos, en uno de los terremotos sufridos, se cimbreaban como cañas de bambú. Pienso, que ese comentario vino al caso, primero para que tuviésemos idea de lo horroroso del tema. Para nosotros, algo desconocido, por lo que ni fu... ni fa....
Ésta podría ser la primera parte de la redacción, cuando en la España, que tú visitas, son las trece y treinta y tres del mediodía, y ya voy notando el cansancio y lo extenso del tema.
Por Antolín Reguero
Se puede decir más alto, pero no más claro. Perder aquello que con tanto sacrificio habían obtenido nuestros padres y de lo cual se habían desprendido por el amor al hijo, dolía, como dolía que la ropa, fruto de tantos sudores y desvelos, terminara en manos de otro más poderoso que tu. Duro, muy duro, doloroso, cruel, punzante. Nada mejor que leer el magnífico relato de Antolín para revivirlo.
De ANGUCIANA, caro amigo, existen relatos chispeantes. Recuerdo, con fruición, como si fuera hoy, la despedida de mis seres queridos, "la maleta de cartón ", donde transportábamos nuestra ropa, algún chorizillo, alguna galleta y la libra de chocolate. Aquella madrugada, con su " rocío ", la chaqueta al hombro, para librarte de la caladura del mismo, y que éste penetrase en tus huesos, camino del coche de Burgos, que salía de donde Reguero ( mi tío, por cierto ). A las siete, partía, si mal no recuerdo. Era una aventura desmedida. La primera vez que emprendíamos un viaje, solos, del pueblo, a... lo desconocido.
Atrás, quedaba una vida de escuela, de amigos, de correrías, de frío invernal, etc., etc.,. Pasábamos los pueblos de esa Castilla La Vieja, secos, áridos, curtidos en mil batallas, hasta llegar a Burgos, ciudad impresionante, a los ojos de un pueblerino. Todo se magnificaba. El ir y venir de las gentes. No saber dónde situarte. La timidez que nos corroía. Sin atrevernos a preguntar nada de nada... Difícil. Y de la estación de autobuses, a la del tren. Cómo llegar ??... No recuerdo.
Primer destino: Miranda de Ebro. Por qué ?... Pues porque allí, teníamos que hacer transbordo, hasta Haro, distante 4 km de Anguciana. De lo contrario, podíamos aparecer en Vitoria, Logroño, qué sé yo, donde.....
Nos gustaba ponernos en el " furgón de cola ", porque parecía que la distancia se hacía más corta. Mirando en lontananza, afloraban diversos recuerdos a nuestra mente. La nostalgia nos invadía. Como que quisiéramos asirnos a lo que habíamos disfrutado hasta ese momento. Éramos felices, punto. Dicen que la nostalgia, es signo de sabiduría.
Llegada a Haro. Nervios, bajada de bártulos, y creo recordar, que estaban esperándonos algún Padre, o Padres. En este momento, mis recuerdos son confusos.
Como es confuso, el momento de entrada al Colegio. Perdonad, pero era la primera vez.......... Ahora, recuerdo, vagamente, y corregidme si me equivoco, que había dos entradas: una, para las personas; otra, para los coches. Creo recordar, también, que era más fácil escaparse por la de los coches, si tenías que hacer alguna salida furtiva. Como que estaba menos vigilada. Y perdonad, el inciso.
Subida al dormitorio, para dejar la maleta, bolsas, etc. Grande, inmenso, este dormitorio, como nunca nos habíamos imaginado algo similar. Camas, y camas, apostadas unas tras de otras, en cuatro o cinco filas de unas veintitantas camas cada una.
El Padre que nos acompañaba, se despedía, y nos dejaba en presencia de los " mayores ", que eran los que se hacían un poco cargo de ponernos al corriente de lo que se "guisaba allí ", cómo discurría la vida de colegio, la disciplina, los horarios, estudios, y las novatadas que pagabas.
La primera novatada, era abrir la maleta, con la disculpa de entregar las sábanas, toallas, etc.,. etc,. Y con la entrega de toallas, sábanas, etc,,, se nos iban nuestros choricillos, nuestras galletas, nuestro chocolate..... Aquello que nuestras madres, se habían privado de comérselo ellas, o nuestros hermanos, para dárselo al hijo que se iba a estudiar, sólo, llorando... y complementar la comida, buena o mala, que se dispensaba en el Colegio.
Luego, cuando nosotros pasamos a ser mayores, también hicimos lo mismo. Y es aquí donde quería llegar, con este relato, corto, pero entrañable, del primer recibimiento en el Colegio Seráfico de Anguciana.
Pienso, que a lo mejor los Frailes lo sabían, pero dejaban hacer, como un juego más de las reglas del propio Colegio. Pero, a quien se lo quitaban, que mal nos sentaba, pero como el desconocimiento era enorme, ni protestábamos, ni chistábamos, ni decíamos ni pío...
Y aquí finaliza, nuestro recorrido, lleno de avatares, de desconocimiento, hacia lo que un día fue el inicio de nuestro saber que ello serviría para una experiencia más grande, todavía, cuál era, prepararnos para dar el "salto", a una vida superior, más digna, y llena de compromisos con los hermanos.
Encuentro entre mis papeles y notas un breve párrafo que bajo el título de “jóvenes promesas”_Homenaje a Bienvenido Uzquiza Fernández, dice así: Érase una vez un grupito de 7 humildes chavalines, que un 6 de Enero del año 1963, embarcaba rumbo a Perú en el Reina del Mar.
Si hablara en primera persona, iniciaría la crónica de este largo viaje, en mi pueblo, Ibeas de Juarros (Burgos). Recuerdo mi ultima Navidad, en la casa “nueva” de mis padres (lo de nueva se refiere a que ésta ultima que habitaban era mucho mas grande y acomodada que la anterior, pequeña y algo desvencijada). Fueron solo unos pocos días, entre siete y diez, los que precedieron a un largo distanciamiento en el tiempo y en el espacio: la “aventura” duró ocho años y medio. Pero en aquel momento yo no era consciente, con solo l4 años, ni de la distancia que me iba a separar de “los míos”, ni del tiempo que podía pasar hasta mi vuelta (entre el 6 de Enero de 1.963 y el 29 de Junio de 1.971).
Nuestras madres sentían y se afligían por nuestra marcha, pero no podían comprender la trascendencia de tan largo viaje…Era un asunto, cuya responsabilidad consideraban nuestros padres, que solo era competencia de los frailes, que por su condición y sabiduría les hacía capaces de asumir y a ellos, nuestros padres, de aceptar. Nuestros padres, la mayoría humildes y sencillos labradores, habían confiado a los Padres, no solo la educación, sino también la vida y el porvenir de sus hijos, de nosotros.
Mientras intento reanudar la crónica de mi viaje a Perú, ha llegado a mis manos, gracias a la diligencia de Antonio Urrutia, el librito “Imágenes y Recuerdos” que Santiago López y compañía acaban de editar en Madrid. Hojeo con ansiedad algunas páginas, leo algunos párrafos escogidos al azar y me fijo sobre todo en las fotografías, intentando averiguar y recordar quién es cada uno de los que aparecen en ellas. La sorpresa no se hace esperar; leo el principio de un breve relato sobre Anguciana y el viaje a Perú un 6 de Enero de 1.963. Esta fecha forma parte de mi historia y quien la cuenta fue compañero de viaje y de fatigas: Juan Moya. ¡Cuántos recuerdos¡ Juan, vecino de celda en Ocopa, andaluz de pro, con ese gracejo que le caracterizaba, que le hacía y le hará único e irrepetible entre tanto castellano seco y llano como éramos los demás, proclamaba su andalucismo y a su pueblo de la provincia de Córdoba: soy de Cabra del Santo Cristo. Se le daba muy bien rebautizar los nombres de algunos pueblos; muy recordado y querido por todos era mi particular amigo Bienvenido Uzquiza Fernández (q.e.p.d.). “Bienve” era de un pueblo de la provincia de Burgos, cercano a Cerezo de Río Tirón y Belorado, de nombre Fresno de Rio Tirón; pero el amigo Moya decía con cierto tronío “Frenillo del Tío Tirón”.
Continuando con el relato, diría que el paso previo al gran salto hacia el Perú, para tomar impulso, se produjo el día de mi incorporación al Colegio de Anguciana, tras las fiestas de San Miguel (29 de Septiembre), en los primeros días del mes de Octubre de 1.959, siendo apenas un niño, puesto que contaba con solo 11 años. La estancia en el Colegio, que duró algo más de tres años, solo era interrumpida por las vacaciones de verano; ese breve pero necesario contacto, hacía posible recuperar los contactos familiares y el calor del hogar que tanto echábamos en falta. Creo que la ausencia de nuestros padres y seres queridos nos obligó a madurar antes de tiempo, a pasar de niños a adultos, puesto que nos saltamos una etapa crucial de nuestro desarrollo integral: la juventud. Por eso cuando comento esta etapa de mi vida con mis padres, hermanos y sobre todo con mi mujer e hijos, siempre he recalcado que nosotros convivíamos con y en una “gran familia”: los teníamos siempre a nuestro lado, los compañeros eran más que amigos y…aunque muchos hemos formado una familia, siguen siendo nuestros amigos preferidos.
Decía en el párrafo anterior que el primer paso camino del Perú lo dí pasando de mi pueblo a otro pueblo: Anguciana. Pero llegar a un Perú, para mí lejano, desconocido, inalcanzable…era una hazaña que solo los conquistadores, por su carácter y afán de aventura, fueron capaces de lograr.
Llegó el gran día, un día muy importante para cada uno de nosotros, puesto que dejábamos en España un plan de vida, una familia que cuidaba de nosotros y unos compañeros con los que esperábamos reencontrarnos al otro lado del mundo. Es un 6 de Enero de 1.963. Madrugamos y casi a la chita callando, procurando no despertar a los demás colegiales, salimos de Anguciana, antes del amanecer, con dirección a Santander. Es una fría pero apacible mañana de invierno. Los detalles del viaje, hora de salida, los preparativos, la despedida del Colegio…se pierden en el tiempo. Creo que conducía el vehículo en el que viajábamos, posiblemente un Land Robert, el P. Pedro Cubillo, experto en el oficio. Tras la llegada a Santander, nos dirigimos a una iglesia cercana al puerto, donde ofició la misa el P. Pedro Fernández; recuerdo este acto entre el silencio del amanecer, el recogimiento, la reflexión y una sensación de tristeza, como una despedida algo traumática: abandonábamos “nuestro mundo” (padres, hermanos, familia, el pueblo, nuestro Colegio…), para dirigirnos a un “mundo nuevo” que desconocíamos. Hago estas reflexiones mientras se oculta el sol, una tarde del mes de Julio, a trescientos metros de mi casa, en la margen derecha del río Vena, ajardinada, 25 grados de temperatura, sentado en un banco con la bici al lado, tras visitar y cuidar de mi madre, y la nostalgia se apodera de mí. Tenía l4 años, ahora 47 más. ¡Cómo pasa la vida¡
Como un paréntesis en mi narración, quiero recordar a un amigo y compañero del colegio, que para mí siempre fue especial: Bienvenido Uzquiza Fernández; con él tuvimos la suerte de convivir y compartir muchas cosas durante ocho años y medio, primero en Anguciana y luego en Callao, Lima, Arequipa y Ocopa. En la Navidad del año 2.006 nos dejó…Este es mi homenaje a todos los compañeros fallecidos, que esperamos hayan pasado a una vida mejor, y a Bienve en particular: atento con todos, sencillo y noble, trabajador, a veces dicharachero y otras tímido, con esa voz quebrada que le hacía difícil el canto; era listo y culto, pero sobre todo una excelente persona. Bienve, tu familia tiene que estar muy orgullosa de ti; y nosotros, de ser amigos tuyos. Hasta siempre…
Las primeras horas de la mañana de aquel día habían transcurrido entre el viaje a Santander y la misa. Llegó la hora de embarcar y nos acercamos al embarcadero, pero el barco no había atracado en el puerto, sino que había echado el ancla unos cuantos metros mar adentro. Alrededor del medio día tomamos una barca de pasajeros que nos llevó hasta el buque inglés Reina del Mar, al que subimos por la escalera de embarque situada en el lado de estribor y en el que poco a poco nos fuimos acomodando para iniciar nuestra particular aventura rumbo al Callao. Por suerte para mí, este lugar permanece intacto e inalterable y lo constituye una rampa de piedra que finaliza descendiendo hasta el nivel del agua; ese fue nuestro último contacto con tierra aquel, ya distante, 6 de Enero de 1.963. Hago un breve paréntesis para contar una noticia referida al Perú, que apareció en prensa ese mismo día: un golpe de estado por parte del general Odría, había echado abajo el gobierno democrático de Víctor Raul Haya de la Torre. Desde ese mismo sitio zarpan diariamente distintas embarcaciones de pasajeros que se dirigen a lugares próximos, como Pedreña, Somo, Loredo, etc. Me considero un admirador de Santander y de Cantabria en general y siempre que las circunstancias y el tiempo lo permiten me escapo hasta esas tierras; años ha, verano de 1.980, contaba con 32, el trabajo me acercaba temporalmente a esa ciudad y procuraba hacerlo coincidir con los meses de Julio o Agosto: era un placer pasear por el puerto y la bahía antes de entrar en la oficina.
En el Reina del Mar quedamos instalados en clase turística, que era la más económica y que estaba situada muy por debajo de primera y segunda clase. El camarote era muy reducido y por tanto carecía de lujos y espacios libres; de forma rectangular, se situaban a cada lado dos literas superpuestas, (por cierto, yo me caí de la de arriba una noche mientras dormía), en el medio un lavabo y a los pies de aquellas, dos pequeños armarios. Un ojo de buey, de reducidas dimensiones, situado casi a nivel del mar, era el único contacto con el exterior. Para el acceso a cubierta desde el camarote o el regreso al mismo, había que andar por estrechos pasillos y recorrer las empinadas escaleras, algo así como si nuestra estancia se situara al final de un laberinto. Han pasado muchos años y el único documento gráfico que conservo del barco es una foto-postal con la indicación: The Pacific Steam Navigation Company – s.s. Reina del Mar (20.234 tons). Las estancias que aún recuerdo son sobre todo el Salón del Té, decorado con cierto aire burgués, mesas redondas y sillas de estilo y además un piano; aquel lugar era un remanso de paz y para los ingleses de aquella época, la hora del té era un rito que cumplían puntualmente: a las 16,30, y mientras tomaban su té con leche, conversaban pausadamente, y no se oía una palabra más alta que otra. Pero…hay un piano; el Padre Perico acudía de vez en cuando, y no precisamente para tomarse un té, más bien para tocar las teclas y de paso “tocar las narices” a aquellos turistas ingleses, muchos de ellos ya venerables ancianos. Para nosotros, muy jóvenes, el mejor lugar de esparcimiento lo constituían sobre todo la cubierta del barco cercana a la zona de proa, donde jugábamos con unos aros de esparto o material similar, que se lanzaban desde una determinada distancia y debían encajar en un dispositivo colocado al efecto; pero sobre todo, conforme nos acercábamos a los países tropicales, la piscina, situada también en cubierta, era la distracción favorita. Las lujosas tiendas de primera clase, con sus escaparates, también atraían nuestra atención.
Todos nosotros éramos ya viejos amigos, no por la edad, porque estábamos en torno a los 14 años, sino porque llevábamos más de tres cursos compartiendo vida y amistad; Juan Moya, algo mayor que nosotros, que había llegado a Anguciana unos meses antes de iniciar el viaje, se incorporó al grupo. En total éramos siete; me sirvo de una foto que nos sacaron al borde del pasillo de la planta baja del recién estrenado Colegio Seráfico del Callao, nada más llegar de España, para nombrar a cada uno:
Miguel Miguel,
Victoriano Cubillo,
Juan Moya,
Rafael Ibeas (fila de arriba-izquierda a derecha),
Bienvenido Uzquiza,
Antonio Sanz
Policarpo Bernal (fila de abajo).
Como responsable nos acompañó el P. Pedro Fernández. Todos somos de distintos pueblos de la provincia de Burgos: Puentedura, Santa Cruz de Juarros, Ibeas de Juarros, Fresno de Río Tirón, Puentedura y Sotrajero (Juan Moya, de Cabra del Santo Cristo, Córdoba).
Con todos los pasajeros a bordo y cada uno de nosotros en su respectivo camarote, el Reina del Mar inició el viaje rumbo al puerto de Vigo; me queda en el recuerdo de aquel año de 1.963 una ciudad hermosa y un paisaje maravilloso al pie del mar. El barco permaneció amarrado uno o dos días, suficientes para visitar el lugar y tomar fuerzas, ya que la travesía por el Atlántico se prolongaría varios días y recorrería muchas millas sin tocar puerto; gastamos en Vigo las pocas pesetas que teníamos (mi padre le había dado al P.”Perico” 25 pesetas para mí, llevándoselas hasta su pueblo, Rioseras; yo le acompañé para conocer al Padre, montando los dos en la misma bicicleta; parece un hecho curioso, pero en aquellos tiempos de escasez, era un medio de locomoción algo habitual, muy económico, no demasiado rápido, pero en muchos casos era el único medio disponible) Ya vamos camino de América. Surcando el océano Atlántico y rozando las Islas Azores, tuvimos que soportar grandes olas que llegaban hasta la cubierta del barco e impedían que disfrutáramos del viaje, el aire y la brisa del mar; el oleaje provocaba inestabilidad en el barco, hacía imposible acceder a la parte superior, nos obligaba a permanecer encerrados en el camarote y lo peor es que muchísimos pasajeros se pasaron días enteros mareados y sin poder probar bocado; los vómitos eran una constante acompañados de malestar general. Por suerte para mí, el mareo no me afectó y a pesar de estar prohibido subir a cubierta, desde la escalera de acceso veía cómo las grandes olas rompían, rebasando la borda del barco. El movimiento del barco hacía difícil incluso los desplazamientos por el interior cuando teníamos que trasladarnos desde o hacia el camarote. Muchos de mis compañeros las pasaron canutas y más de uno se acordará.
No obstante todos esos inconvenientes, que duraron cinco o seis días, para nosotros y para mí en particular, el viaje se estaba convirtiendo en un auténtico placer. Unos días antes de embarcar, encontrándome de vacaciones en la casa del pueblo con mis padres, mi salud y mi estado físico no eran demasiado preocupantes, pero me habían brotado en la cara y en las rodillas unas “pupas” (postillas) que me hacían parecer un poco enclenque. Sin embargo, recuerdo con certeza, que tras unos pocos días a bordo, me habían desaparecido y cicatrizado perfectamente todas esas heridas.
Proseguimos por el Atlántico en dirección a la Cuba de Fidel Castro, gobernada por él, después de haber triunfado con su revolución en el año 1.959. Relacionado con este hecho, cinco o seis años después, estudiando magisterio en la Escuela Normal San Juan Bautista de la Salle, de los Hnos. Maristas, Arequipa, barrio de Porongoche, pudimos comprobar cómo circulaba con cierto secretismo entre los alumnos de dicha Escuela, lo que llamaban el “diario del Che Guevara”, gran valedor de Castro ante los pueblos de América Latina, escrito en un librito de tamaño reducido, donde dicen que contaba sus andanzas y peripecias por la selva de Bolivia y Perú.
La ruta prevista por nuestro barco era atracar en la Habana y ciertamente nos hubiera ilusionado hacer esa parada, pero estábamos en Enero de 1.963; Fidel Castro había impuesto “su ley” en 1.959, y era imposible que un barco perteneciente a un país capitalista, el Reino Unido, amigo además de Estados Unidos, tocara tierra cubana. Sí vimos a lo lejos la costa de la isla de Cuba, pero el rumbo y la proa de nuestro barco se orientaban hacia la península de Florida (EE.UU.). Llegar a Florida, para todos nosotros, fue un verdadero descubrimiento, el descubrimiento de un mundo nuevo. Para unos muchachos que apenas habíamos salido del pueblo y de repente nos vimos inmersos en la vorágine de una ciudad “nueva”, porque no se veía ni una sola casa antigua, con grandes y altísimos edificios, calles largas, gente de color…casas al borde del mar, yates con televisión,…el desembarco constituyó una novedad impresionante. El recibimiento fue apoteósico y muy cálido a la vez; después de tantos años, la mayor parte de los detalles han pasado al olvido, pero aquel momento, cuando descendíamos por la escalera del barco, lo recuerdo perfectamente: una señorita, muy agradable, nos recibía con una sonrisa y nos obsequiaba con un vaso de zumo de naranja.
Otra novedad, que quizás fuera la más importante, fue toparnos con gente de “color”, pues por aquella época por nuestra edad y mentalidad, pensábamos que negros solo había en Africa y acaso también en otras partes del mundo, pero no los habíamos visto con nuestros propios ojos. Como anécdota que apuntar, la que tuvo lugar nada más pisar tierra; sucedió que observamos una máquina expendedora de refrescos, cercana a un edificio en construcción, pero para su funcionamiento era preciso introducir monedas de dólar; lo intentamos una y otra vez con los escasos ahorros que había en nuestros bolsillos, sin conseguir un solo envase; menos mal que unos obreros, seguramente con mayor poder adquisitivo que nosotros, cercanos al lugar, al observar la escena, tomaron monedas de su propia cartera y ofrecieron coca cola para todos. Como de costumbre, aprovechamos la estancia en puerto para visitar los lugares próximos, pero sin alejarnos demasiado, ya que los desplazamientos se hacían a pié; obviamente no contábamos con medios y tampoco con dinero para poder pagar un taxi, aunque sí hubo un pequeño grupo, entre los que no me encontraba yo, que acompañados por el P.”Perico”, tomaron uno que les permitió visitar la ciudad de Miami. A su regreso pudimos admirar “de forma imaginaria” las maravillas de esa gran ciudad por boca de nuestros colegas.
Tras la escala en Florida, el viaje se hizo cada vez más ameno y entretenido, sobre todo porque las distancias entre uno y otro puerto, iban siendo menores, disfrutábamos de un clima tropical y navegábamos por aguas del Caribe.
La vida en el barco, hasta hacía pocos días, había sido un poco monótona, porque se sucedieron muchos días seguidos sin ver y tocar tierra. Las comidas, como el barco, eran típicamente inglesas, al igual que sus costumbres; pero ahí estaba el padre “Perico”, para amenizar las veladas del té, en el salón preparado al efecto, a las cuatro de la tarde; un ritual con el que todos los pasajeros ingleses cumplían escrupulosamente, y lo hacían de forma reposada y casi en silencio. Sin embargo, la navidad, para nosotros todavía estaba viva y como el Padre no se cortaba un pelo, allá se presentaba; en el Salón del Té, se sentaba al piano y a cantar el villancico “María, María, ven acá corriendo…”. Me imagino, lo que pensarían, aquellas señoras y señores, tomando el té pausadamente, teniendo que soportar a un “chiflado” que canturreaba sin parar y al que no entendían una sola palabra.
ISLA DE JAMICA-KINGSTON
La llegada al puerto de Kingston, seguramente nos impactó todavía más que poner pié en tierra por primera vez en America, Florida, EEUU. La entrada en puerto se produjo en medio del bullicio de la gente nativa, que intentaba rodear el barco, y si se les permitiera, lo abordarían por completo. Yo mismo echo la vista atrás, me sitúo en enero de 1963, cubierta del barco, y contemplo un espectáculo inolvidable. Jóvenes y hasta niños, trepaban como monos por las amarras que sujetaban el barco, pidiendo que echáramos monedas al agua, lanzándose a por ellas como unos auténticos camicaces. La gente llamaba especialmente la atención por su tez morena y marcados rasgos africanos; y era evidente que no disfrutaban de un nivel de vida nada boyante, era gente muy pobre y necesitada, mal vestida, hambrienta…,pero libres y alegres en medio de su miseria.
CURACAO
El recuerdo me traslada a esta isla caribeña, en aquellos tiempos quizás colonia holandesa, a una mañana clara, una temperatura suave, una ciudad nueva y unos cuantos depósitos de petróleo. Este último detalle, es el que más claro lo tengo.
PUERTO DE LA GUAIRA Y CARACAS
Como otros, yo también tenía un tío en América, en Caracas, se llamaba Pedro Colina. Durante mi estancia en Perú, nos carteábamos con mucha frecuencia y tras mi vuelta a España, seguimos haciéndolo hasta que falleció en 1995.
La estancia en ambas ciudades, duró un día o poco más; la Guaira, era por aquel entonces un conglomerado de chabolas, que se extendía por una montaña sin ningún tipo de vegetación. A unos pocos kilómetros se situaba la gran ciudad, Caracas. Con el tiempo justo, mi tío Pedro me recogió nada mas desembarcar, me llevó a comer a su casa en compañía de su mujer e hijo, José Luis, y vuelta al barco.
CANAL DE PANAMÁ
Todo el viaje constituyó una novedad. Quedan muchos detalles que hemos olvidado, hay todavía muchos que recordamos, pero nuestro gran descubrimiento fue no sólo llegar a Panamá. Fue sobre todo verlo, atravesarlo, palparlo…con todos los sentidos, sobre todo con el semblante y la mirada inocente de unos jovenzuelos abiertos, expectantes, inquietos.
Cada puerto que tocábamos, siempre era un lugar y una ciudad, que visitábamos durante el tiempo que nuestro barco permanecía atracado. Al contrario que otros viajeros, la mayoría turistas ingleses, que veían los alrededores y ciudades próximas, nosotros permanecíamos en el lugar. Era evidente que carecíamos de medios para poder ampliar nuestro recorrido, pero no por eso dejamos de disfrutar en cada puerto: todo era novedoso y divertido para nosotros, era nuestro “primer crucero”, nuestro primer viaje por mar; nos considerábamos unos pequeños descubridores y sobre todo unos privilegiados por haber tenido la oportunidad de hacer un viaje tan fabuloso…Mientras describo y cuento estas sensaciones, me acompaña la música de J.S.Bach, que me anima y ayuda a recordar lo que para nosotros constituyó una auténtica epopeya: que era atravesar una estrecha franja de tierra a través de un canal, el Canal de Panamá, y reflexionar sobre aquellas vivencias y aquel maravilloso paisaje que envolvía las márgenes de aquel brazo de mar que hacía posible el paso de un océano a otro, el Atlántico y el Pacífico.
Llegamos a Panamá desembarcando en el Puerto de Colón, que es punto de partida para cualquier barco que quiera atravesar el istmo en busca del Océano Pacífico. Situado en el Mar Caribe, registra un importante tráfico de barcos, de personas y mercancías.
En Colón, además de visitar el puerto y la ciudad, nos dimos un pequeño capricho: a iniciativa del P. Perico, montamos en un autobús, que allí llamaban con el sobrenombre de “chiva”, y nos desplazamos hasta la capital: Ciudad de Panamá. Visitamos la ciudad y creo que en algún caso particular alguien pudo permitirse algún lujo gastronómico o de otro tipo. Durante la parada y estancia en dicho puerto, que se prolongó un par de días, como de costumbre la tripulación aprovechó para efectuar labores de mantenimiento del barco, como engrasar y pintar (esto último es lo que más recuerdo, incluso navegando en alta mar), así como aprovisionamiento de víveres. Tras este paréntesis, se inició la travesía del canal.
Bajo un sol tropical, el barco zarpó rumbo a las costas de Colombia, Ecuador y Perú a través del Canal, como si trazáramos un largo surco en busca del Pacífico, pero valiéndonos de las “esclusas” para avanzar en dirección al gran Océano. Durante las primeras horas, la curiosidad nos mantuvo alerta sobre cubierta, a pesar del intenso calor y la humedad. Recuerdo los primeros instantes como un vaiven de babor a estribor, desplazándonos de uno a otro lado del barco, intentando captar todo cuanto acontecía en nuestro entorno; recuerdo sobre todo, las horas del mediodía, de pie, bajo un sol abrasador; el movimiento lento y constante del barco surcando el Canal, la apertura y cierre de cada esclusa, para pasar a la siguiente, el larguísimo trayecto sobre el río y el lago Gatún, la arboleda y bosque en las márgenes como en una aventura en plena naturaleza. Parecía que el ancho del río no iba a ser suficiente para que la mole flotante de más de 20.000,- T.M. pudiera navegar sobre sus aguas sin tocar en la orilla. Mientras tanto la selva se ofrecía a nuestra vista, plena, extensa, verde e infinita como el Océano Pacífico, nuestro destino.
Finalmente alcanzamos las costas del inmenso Océano. El mar, al contrario que en el Atlántico, estaba tranquilo, algunos delfines se perfilaban delante de proa como si quisieran marcarnos el camino, y de vez en cuando los peces voladores aparecían fugazmente levantando el vuelo para sumergirse de inmediato. Todavía quedaban unas cuantas millas antes de llegar a las costas del Perú, pero en este momento no sabría precisar cuántos días pasaron hasta llegar al Callao. Si la memoria no me falla, el viaje de inicio a fin duró 26 días, incluídos los que permanecimos en puerto; que me corrijan mis compañeros de viaje si me equivoco.
Transcurrían los días de forma pausada y navegábamos tranquilamente por el Océano Pacífico. El tiempo era apacible, eran momentos de gran relajación, días de descanso, de imaginación, de reflexión, pero sobre todo…de recuerdos…Éramos todavía unos niños debiluchos, frágiles, inexpertos, que nos habían arrancado de nuestro pueblo y desprovisto de nuestras raíces; yo apenas tenía 14 años y los otros siete, salvo Juan Moya, eran de la misma edad. Aquel viaje nos marcó la vida, nos transportó a un mundo desconocido; según avanzábamos, más lejos quedaba nuestro pasado, nuestros padres, hermanos, el frío y crudo invierno de nuestro pueblo, don José, el maestro, don Anastasio Valpuesta, el cura, alto y con bonete, a quien había que besar la mano cada vez que te cruzabas con él, más “recto” e imponente que un rascacielos.
PASODELECUADOR
Era una costumbre muy tradicional del barco en que viajábamos, el Reina del Mar, que al paso de la línea ecuatorial, paso del ecuador, se celebrara con una gran fiesta. En efecto, habíamos navegado hasta ese paralelo y tal como estaba previsto, se convocó a todos los pasajeros en cubierta, en torno a la piscina; quienes conocían y sabían lo que significaba tal acontecimiento, pronto de proveyeron de la indumentaria adecuada: el bañador. Pero a algunos, como nosotros, unos “pardillos” recién salidos del cascarón, nos pillaron en fuera de juego. No tardamos en ponernos los pantalones cortos, dispuestos a participar en la “refriega”.
La Fiesta del Paso del Ecuador era un bautismo de mar para los que pasábamos por primera vez el Ecuador. Los recuerdos que tengo no son muy precisos, pero me queda la imagen del jolgorio, las risas y el griterío de los pasajeros. Algún oficial o el capitán, disfrazados de Neptuno, el dios del mar, “bautizaba” a cada uno de los novatos que traspasábamos la línea ecuatorial; el rito se llevaba a cabo impregnando a cada persona con agua coloreada con lo que serían jugos de frutas tropicales; el zambullido posterior en la piscina, completaba la ceremonia.
PERU A LA VISTA
Tras cruzar el Ecuador, proseguimos el viaje hacia la costa norte del Perú, apareciendo a primera vista y muy a lo lejos, lo que sería el departamento de Tumbes, justo en el límite con Ecuador. Antes habíamos navegado por aguas de Colombia, pero no recuerdo ningún desembarco en puertos de ese país. Han pasado muchos años, 47 exactamente, los que han transcurrido tras aquel lejano 6 de Enero de 1.963, ya no tengo frescos los acontecimientos que se sucedieron a lo largo y ancho de aquel “crucero” y encuentro alguna “laguna” en el trayecto final. De igual modo, en un párrafo anterior, refería yo mismo los 26 días que había durado la travesía marítima, pero el P. Heras en sus recientes “Crónicas Franciscanas de Viaje” (Lima 2.004), menciona el 29 de Enero de 1.963, como fecha de nuestro desembarco en Callao. Por tanto, si nos hacíamos a la mar un 6 de Enero de 1.963 (de esta fecha sí estoy seguro), zarpando desde Santander, y llegamos el 29, habían pasado 23 días.
Cuando llegamos al puerto del Callao y al Colegio, apenas éramos unos adolescentes, la mayoría en torno a los 14 años o a punto de cumplir los l5, como era mi caso (el día 5 de Marzo). Por más que lo intento, no puedo recordar el momento del encuentro con los nuevos compañeros, sé que fuimos bienvenidos y que nos hicieron un gran recibimiento. A partir de aquel 29 de Enero del año 1.963, nuestra vida, mi vida y la de los otros seis compañeros, siguió el rumbo que nos habíamos marcado aquél lejano día en el que nos incorporamos al Colegio de Anguciana, del año 1.959.
No quiero finalizar este relato sin dejar constancia de aquel gran “paso”, que para mí constituyó el hecho de pisar tierra peruana, de llegar a un país tan lejano que ni soñando había pensado alcanzar…Constituyó un cambio transcendental que ha marcado toda mi vida. Atrás quedaba un niño-adolescente.
Siguieron tres años cruciales en el Callao, echando en falta el cariño y el calor de mi familia, intentando compensar esta ausencia con la amistad de los compañeros. Tras este período de adaptación, en plena juventud, (18 años), se presentó el “noviciado”, en el Convento de los Descalzos, de Lima; fue un año difícil en todos los sentidos, pues estuvo marcado por unas normas muy severas y restrictivas. Dejamos el convento de Lima para trasladarnos a la ciudad de Arequipa, convento de La Recoleta; fueron tres años que yo recuerdo como de “expansión” y una cierta realización personal, ya que pudimos compaginar los estudios de Filosofía con los de la escuela de Magisterio, en el barrio de Porongoche, regentada por los Hnos. de San Juan Bautista de la Salle. El siguiente paso fue hasta el Convento de Ocopa, con una estancia de año y medio, que sirvió para consolidar mi personalidad, haciéndome capaz de tomar algunas decisiones; aquel recóndito lugar, apartado de la gran ciudad, y el contacto con el campo y la naturaleza, lejos de cansarme, se convirtieron en mi distracción favorita. De Ocopa teníamos referencias siendo mucho más jóvenes, cuando estudiábamos en el Callao, tras disfrutar las vacaciones durante dos cursos en el Convento; aquellas estancias facilitaron mi adaptación posterior y por eso conservo grandes recuerdos y relaciones de amistad con aquellos “coristas” que, al ser nosotros unos chavales, se convirtieron en nuestros más admirados y sabios maestros de la cultura y la educación. Con el paso de los años, ese vínculo se ha consolidado y aumentado y es una realidad.
A punto de concluir lo que en mi ordenador había apuntado como una crónica, pero que más biensehaconvertido un poco,enun viaje imaginario a la niñez, la adolescencia y la juventud, no puedo dejar de mencionar, recordar y homenajear a todos los que me acompañaron, hicieron conmigo el camino, me ayudaron, me consolaron, me acogieron, orientaron…Hoy es el día en el que sigue latente y viva aquella relación de amistad; incluso en algunos casos, por razones de proximidad, el trato es habitual, frecuente. Paco, Antonio, Eliseo, Miguel, Elías, Víctor, Vicente, Juan, Policarpo, Fermín, Adolfo…y todos los demás, amigos para siempre. Y mucho más cerca de mí, porque siempre están de mi parte y a mi lado, porque me quieren y me escuchan más que nadie, mis tres reyes de la casa: Merche, Ana y Edu.
Mis recuerdos de Anguciana y mí venida al Perú.
Por Juán Ramón Moya
Cuando se escribe con sencillez y elegancia, se lee con satisfacción y complacencia. La claridad siempre ha sido la cortesía de Juan Ramón. Cuando llegó a Anguciana allí estaba yo, recién llegado también y cursando primero de secundaria. A nosotros, quienes de alguna manera fuimos cuidados por él en el dormitorio chico, la impresión que nos dejó fue la de un hombre bueno, un hombre bueno que no sabía enrojarse, un joven amable, comprensivo, cariñoso y dulce. Además en este resumen le encontramos con una gran memoria para citarnos nombres, fechas y detalles que se me habían perdido en la inmensidad del tiempo.
Cuando el primero de noviembre de 1962, a eso de las dos de la tarde, toqué el timbre del Castillo de Anguciana,”Residencia de los Padres Franciscanos”, mi mente estaba llena de confusiones, pues no sabía a ciencia cierta si lo que estaba haciendo era lo más correcto. Me abrió la puerta un joven, le pregunté por el Padre Luís Blanco, esperé en la puerta y el Padre me recibió y me llevó al recibidor. Le dije que yo era el joven de Granada, Juan R. Moya Santoyo, que le había escrito varias veces solicitando ingresar en la Orden Franciscana, y que quería ser misionero en el Perú. Me hizo muchas preguntas, sobre todo eso de querer ir concretamente al Perú, ¿por qué no en España, en Marruecos o en Tierra Santa? Yo le di mis razones y al padre les parecieron muy buenas.
Me preguntó si había almorzado, como le dije que no, me llevó a la cocina y me sirvió de comer. Por el camino, desde la portería hasta la cocina, me encontré con los frailes que salían del comedor, de todos ellos los que más me llamaron la atención por su figura fueron tres: uno era bastante calvo y los pocos pelos que le quedaban en la cabeza los tenía muy revueltos, daba la sensación que nunca había pasado un peine por su cabeza, a otro lo noté bastante subidito de peso, con el cigarrillo en la boca (fumando) tenía el pecho y la barriga manchados con la ceniza que le caía del cigarrillo, a otro con el hábito un poco levantado, con vendas en las piernas y andaba con cierta dificultad.
Me llevó a la cocina, allí conocí a Fray Félix Elorza, con un hábito muy viejo y roto y con la capucha sobre la cabeza, debajo de la barbilla le había colocado un sujetador de ropa, decía que era para juntar los dos cantos y estar más abrigado, a Fray Antonio Rubio y a un joven de nombre Gabriel. No fue una impresión muy buena, y pensé que yo no duraría mucho en ese ambiente.
Luego de terminar el almuerzo, el Padre, me llevó a visitar el castillo y a señalarme mi habitación, Observe que había por allí unos chicos que con baldes de agua limpiaban los servicios higiénicos de los frailes (días después, ese sería mi trabajo). La habitación era sencilla, había una cama, una mesa y una silla y algún cuadro por allí colgado en la pared. Me entregó el libro de las Florecillas de san Francisco (no conocía ese libro) y me dijo que lo leyera para que aprendiera como era la vida y la obra de los franciscanos. Salió y cerró la puerta.
Yo saqué de mi maleta algunas cosas que iba a necesitar, sin más me puse a leer, conforme avanzaba en la lectura del libro me pareció estar escrito por un escritor poseedor de una gran fantasía amena, repleta de lirismo, algo irreal y que no parecía ser muy cierto lo que allí se había escrito.
Como en toda la tarde nadie me visitó ni me buscó, avancé bastante la lectura y, conforme iba avanzando, cada vez me convencía más de que aquel modo de vida no era para mí, pues lo encontraba todo muy riguroso y sentía temor de no cumplir bien; tampoco los frailes descritos en ese libro se parecían mucho a los que yo había conocido en Granada, pero sí a algunos de los que había visto salir esa tarde del comedor o en la cocina, pues estos tenían un aire más cercano a la miseria y pobreza con los personajes descritos en las Florecillas.
Antes del anochecer me buscó el mismo Padre Blanco, me llevó a la capilla del convento para rezar el rosario y recibir la bendición con el Santísimo, oficiaba el Padre Antonio López, me agradó su voz clara, cantarina y fuerte.
El templo del convento era funcional, no era de gran tamaño, ni artístico, ni antiguo, parecía que lo habían construido haría unos pocos años atrás, estaba lleno de niños (los seráficos), estaban bien colocados en las bancas, también había unas cuantas personas del pueblo, y a un frailecito entrado en años, sentado muy cerca del altar, luego supe que era el P. Francisco Urrózola, que gozaba de mucha veneración, estima y consideración entre los frailes. Me gustaron las canciones que cantaron los chicos, cantaron con entusiasmo y bien entonados.
Cuando todo terminó, los estudiantes salieron en dos filas, comenzando por los menores (de menor a mayor), de ahí pasaron al comedor y yo, a la cocina.
Terminada la cena, el Padre Blanco me presentó a los frailes de la Comunidad: P. Antonio López, P. Ángel Rojo, P. Felipe de Jesús Gil (de visita), P. Tomás Santos, P. Germán Pino, y un corista de la Provincia Franciscana de Granada. Faltaban algunos padres más que estaban ausentes: Pedro Cubillo, Narciso Chinchetru, Pedro Fernández y Ricardo Colina (estos dos últimos de vacaciones y visita). Estuve un rato hablando con ellos, se reían cuando yo les contesta en mi dialecto andaluz y por las palabras contestadas, había muchas que no entendían bien, querían oír mi forma de hablar andaluza y, terminada la conversación, nos retiramos a dormir.
Cuando llegué a mi cuarto, después de un viaje muy largo, no quise pensar mucho, solo quería descansar y dormir.
El
viaje lo hicimos con los que están en la foto que te he enviado. Esa es la
primera foto que nos tomaron cuando llegamos al Callao. Salimos de Barcelona el
28 de octubre del 1958.
A
Anguciana yo ingresé el 17 de mayo del 1955 juntamente con Emiliano María. Me
enfermé casi de inmediato y me recluyeron en el castillo por más de un mes
hasta que me enviaron al hospital de Burgos, y eso motivó que me atrasara en
los estudios y por eso llegué al Perú el 19 de noviembre del 1958, un año más
tarde que Emiliano.
En el Callao hice, tercero, cuarto y quinto de Secundaria. En enero
del 1962 ingresé al noviciado en el Convento de los Descalzos y que duró hasta
el 11 de febrero del 1963. Lo dirigió el P. Marcos Arciniega. Probablemente se
pareció muy poco al tuyo, pues el que hice yo era antes del Concilio Vaticano
II y era el tradicional de siempre.
2)El barco Marco Polo (italiano) nos transportó de
Barcelona-Callao, (25) días.
3) A la llegada en el puerto del Callao, junto con Diego
Barbero y con mi hermana y mi cuñado.
4 )En una playa del Callao con compañeros del Colegio Seráfico.
5)En la cima del Chachani (6200 m.s.n), en Arequipa.
6)Pasando el canal de Panamá…
7)De escalador en la Paz (Bolivia), con Carlos Lafuente y Santiago
López.
8)De catequista en el pueblo de Ingenio (Huancayo), con mis
compañeros Moisés Bravo y J.Mírurí.
9)De hippies con Fermín Cebrecos y Santiago López, en el claustro de Convento nuevo, Arequipa.
10)En la
plaza de Trujillo…
11)Con el
presidente Belaúnde en los claustros del Convento, Arequipa.
12)En un
cerro de mi pueblo con un primo.
13)Haciendo
de Párroco …
14)En la
primera misa de Fermín Cebrecos, también se ve a Diego Barbero…
15)En
Contamana bautizando…
16)Una
vista panorámica de Arequipa, con el Misti al fondo….
17)Con
unos Profesores alemanes que trabajaron en el Instituto Técnico.
18)En la
plaza del Pilar en Zaragoza…
19)En
Cafarnaún.
20)Haciendo
acueductos en el pueblo rural de Huanca (Arequipa).
21)Con
unas amigas y con una vista panorámica del pueblo de Huanca. Aquí hemos hecho
bastante obra social-religiosa con la ayuda del Gobierno vasco (regadío,
canales, carreteras, estanques, etc..).
22)En mi
pueblo con unos cooperantes vascos que estuvieron trabajando en el Perú
conmigo.
23)Con mi
gran amigo, Carlos Lafuente….
" He estado haciendo memoria y también he consultado con mi único
compañero que queda, José Santamaría. Somos los únicos, dos gatos, que quedamos
vivos en la Provincia. A propósito, te cuento que José actualmente está en Lima
recuperándose de la operación que le han hecho de la próstata… Te pongo los nombres de los doce más o menos de acuerdo a la
edad. No estoy seguro, pero por ahí va la cosa:
1.-Emiliano Maria Esteban. 2-.Policarpo Garrido Santacruz. 3.-Antonio Marcos. 5.-Blas Blanco Navarro. 6.-Vicente Gutierrez Cura. 7.-Juán Antonio Martinez Alonso. 8.-Gervasio González Barbero. 9.-Diego Barbero Barbero. 10.-Isidoro Sierra Arribas. 11.-Moisés Bravo Perez. 12.-Ricardo Allende Romero. Tengo dudas sobre el apellido de Juan Antonio. Sólo recuerdo que
le llamábamos el “Carilo”.Creo que llegó hasta el primer año en Ocopa. Blas
Blanco salió en el Callao, también en el primer año (1958)".