Ésta podría ser la primera parte de la redacción, cuando en la España, que tú visitas, son las trece y treinta y tres del mediodía, y ya voy notando el cansancio y lo extenso del tema.
Por Antolín Reguero
Se puede decir más alto, pero no más claro. Perder aquello que con tanto sacrificio habían obtenido nuestros padres y de lo cual se habían desprendido por el amor al hijo, dolía, como dolía que la ropa, fruto de tantos sudores y desvelos, terminara en manos de otro más poderoso que tu. Duro, muy duro, doloroso, cruel, punzante. Nada mejor que leer el magnífico relato de Antolín para revivirlo.
De ANGUCIANA, caro amigo, existen relatos chispeantes.
Recuerdo, con fruición, como si fuera hoy, la despedida de mis seres queridos, "la maleta de cartón ", donde transportábamos nuestra ropa, algún chorizillo, alguna galleta y la libra de chocolate. Aquella madrugada, con su " rocío ", la chaqueta al hombro, para librarte de la caladura del mismo, y que éste penetrase en tus huesos, camino del coche de Burgos, que salía de donde Reguero ( mi tío, por cierto ). A las siete, partía, si mal no recuerdo. Era una aventura desmedida. La primera vez que emprendíamos un viaje, solos, del pueblo, a... lo desconocido.
Atrás, quedaba una vida de escuela, de amigos, de correrías, de frío invernal, etc., etc.,. Pasábamos los pueblos de esa Castilla La Vieja, secos, áridos, curtidos en mil batallas, hasta llegar a Burgos, ciudad impresionante, a los ojos de un pueblerino. Todo se magnificaba. El ir y venir de las gentes. No saber dónde situarte. La timidez que nos corroía. Sin atrevernos a preguntar nada de nada... Difícil. Y de la estación de autobuses, a la del tren. Cómo llegar ??... No recuerdo.
Primer destino: Miranda de Ebro. Por qué ?... Pues porque allí, teníamos que hacer transbordo, hasta Haro, distante 4 km de Anguciana. De lo contrario, podíamos aparecer en Vitoria, Logroño, qué sé yo, donde.....
Nos gustaba ponernos en el " furgón de cola ", porque parecía que la distancia se hacía más corta. Mirando en lontananza, afloraban diversos recuerdos a nuestra mente. La nostalgia nos invadía. Como que quisiéramos asirnos a lo que habíamos disfrutado hasta ese momento. Éramos felices, punto. Dicen que la nostalgia, es signo de sabiduría.
Llegada a Haro. Nervios, bajada de bártulos, y creo recordar, que estaban esperándonos algún Padre, o Padres. En este momento, mis recuerdos son confusos.
Como es confuso, el momento de entrada al Colegio. Perdonad, pero era la primera vez.......... Ahora, recuerdo, vagamente, y corregidme si me equivoco, que había dos entradas: una, para las personas; otra, para los coches. Creo recordar, también, que era más fácil escaparse por la de los coches, si tenías que hacer alguna salida furtiva. Como que estaba menos vigilada. Y perdonad, el inciso.
Subida al dormitorio, para dejar la maleta, bolsas, etc. Grande, inmenso, este dormitorio, como nunca nos habíamos imaginado algo similar. Camas, y camas, apostadas unas tras de otras, en cuatro o cinco filas de unas veintitantas camas cada una.
El Padre que nos acompañaba, se despedía, y nos dejaba en presencia de los " mayores ", que eran los que se hacían un poco cargo de ponernos al corriente de lo que se "guisaba allí ", cómo discurría la vida de colegio, la disciplina, los horarios, estudios, y las novatadas que pagabas.
La primera novatada, era abrir la maleta, con la disculpa de entregar las sábanas, toallas, etc.,. etc,. Y con la entrega de toallas, sábanas, etc,,, se nos iban nuestros choricillos, nuestras galletas, nuestro chocolate..... Aquello que nuestras madres, se habían privado de comérselo ellas, o nuestros hermanos, para dárselo al hijo que se iba a estudiar, sólo, llorando... y complementar la comida, buena o mala, que se dispensaba en el Colegio.
Luego, cuando nosotros pasamos a ser mayores, también hicimos lo mismo. Y es aquí donde quería llegar, con este relato, corto, pero entrañable, del primer recibimiento en el Colegio Seráfico de Anguciana.
Pienso, que a lo mejor los Frailes lo sabían, pero dejaban hacer, como un juego más de las reglas del propio Colegio. Pero, a quien se lo quitaban, que mal nos sentaba, pero como el desconocimiento era enorme, ni protestábamos, ni chistábamos, ni decíamos ni pío...
Y aquí finaliza, nuestro recorrido, lleno de avatares, de desconocimiento, hacia lo que un día fue el inicio de nuestro saber que ello serviría para una experiencia más grande, todavía, cuál era, prepararnos para dar el "salto", a una vida superior, más digna, y llena de compromisos con los hermanos.